martes, 16 de noviembre de 2010

Dejá vu, o ya visto

El tubo era rojo. Rojo, ancho, rematado por una rejilla metálica. Sin tiempo para pensar, Adolfo separó la reja y se coló por la abertura.
El agujero era estrecho, pero podía pasar; el problema era que sus perseguidores también podrían hacerlo. Estaba solo, lejos de casa, muerto de frío y de sueño, pero no podía permitirse un momento de descanso. Se arrastró por el interior resbaladizo y oscuro. Al fondo del todo se veía una luz fría, como de fluorescente. Quizás allí hubiera alguien. Quizás podría salvarse. Aceleró la marcha.
A sus espaldas volvía a oirse aquel ruido, aquel repiquetear. Estaba cerca. Estaba muy cerca del final. Veía otra reja; al otro lado estaba la cocina del bar de carretera. Caería desde la altura del techo, pero qué importaba. Lo contaría todo; cómo sus padres le dejaron en aquel campamento de verano, el tiempo que había pasado allí, como la disciplina había acabado relajandose...hasta que todo se vino abajo.
No tuvo tiempo a más. Notó como le trepaban por la espalda, y el tacto pegajoso de la cinta adhesiva.
Debía haberme lavado los dientes, pensó mientras la risa comenzaba a llenar su mente.

6 comentarios:

  1. son los mismos duendes de aquel relato o es una escapada infantil dramatizada? jejeje

    ResponderEliminar
  2. Son los mismos; los duendes de la risa nunca descansan...xD

    ResponderEliminar
  3. Son unos gamberretes.

    ResponderEliminar
  4. Jajaja mola, vaya tela con los duendes.

    ResponderEliminar