lunes, 8 de noviembre de 2010

Problema capilar

¿Qué quiere que diga? No es culpa mía. Este tipo de cosas ocurren sin venir a cuento. Repito, no tengo la culpa.
¿En un principio? Lo noté por lo más evidente. Tanto en el lavabo como en las hombreras de las chaquetas, no paraba de encontrar pelo. Mi propio pelo. Al barrer la casa se formaban gigantescas pelusas de tono oscuro.
No lo podía creer, a mi edad. ¡Quiero decir, tengo veinticinco años! Empecé a informarme sobre el tema. Lo poco que conocía lo sabía por las películas, ya ve. A medida que iba leyendo libros y ahondando, me enteré de que a mucha gente le ocurría con mi edad. Suena increíble, pero es cierto.
El mayor problema es tener que ir ocultándolo. La gente...bueno, decir que le miran a uno mal es quedarse corto, ya sabe. Hay que vigilar, y sobre todo no dejar que el pelo lo llene todo.
Comprenderá que este secreto no es uno que pueda usted divulgar. Ya, entiendo perfectamente. Sin embargo, no puedo confíar en su palabra. Lo siento.
No me mire así. Es culpa suya por venir precisamente en luna llena.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Ocurrió en un día de verano


Era un día caluroso de verano. Estaba tumbada bajo el ventilador, en la cama, con la habitación sumida en una agradable penumbra, sudando. Estaban a veintitantos de Julio; la mayor parte de la gente de la ciudad estaba en otro sitio, refrescándose en el mar o en las montañas. Le gustaba decirse a sí misma que solo los fieles se quedaban.
El ruido la hizo incorporarse. Era un arañar tenue. Se levantó, intranquila pese a lo plácido del ambiente. Recordaba lo que había ocurrido el año anterior sobre aquella fecha; lo recordaba muy bien. Aún seguía pagando las reparaciones que el edificio había requerido.
Se levantó con lentitud, pero los muelles de la cama le traicionaron y rechinaron fuertemente, como una risa imposible de contener. Miró la cama con enfado y tomó el bate de beisbol. No jugaba al beisbol, pero había comprado el bate después de lo del año pasado; y lo llevaba por toda la casa, estuviera en la habitación que estuviera. Necesitaba sentirse protegida.
Mientras caminaba por el salón era consciente de lo ridícula que estaba; cubierta solo con ropa interior y una camiseta, sudando a goterones y sujetando un bate de aluminio con las dos manos. Bueno, la otra vez se asustaron cuando cogió el cuchillo; quizás podría echarlos con aquello otro.
Pegó el cuerpo a la pared junto a la puerta de la cocina. El sonido de arañar era más fuerte, y provenía claramente de dentro. Tomó aire profundamente y entró, zarandeando el bate y gritando:
-¡Salid de mi cocina, putos alienígenas!
El gatito respondió con un maullido.

Las caras del doctor Lenoir

Como prometí que haría, aquí están los primeros dibujos que hice del Doctor Lenoir. Como es comprensible no solo aparece el buen Doctor; hay más dibujos en las páginas. Sin embargo siempre es fácil distinguirlo, con su bombín o su mirada agria.
En la primera imagen, abajo a la derecha, está la primera de todas las representaciones.














































viernes, 5 de noviembre de 2010

El sueño del Hombre de la Barba

Hace tiempo, al escribir el artículo sobre la tumba del Doctor Lenoir, comenté algo acerca de la inspiración en el retrato del Doctor. Dije que era un personaje sobre el que había soñado una vez; el Hombre de la Barba, lo llamo. Es un personaje que me produce un miedo bastante irracional, sobre todo teniendo en cuenta que solo lo he visto un par de veces en sueños. 
La historia comienza fuera del mundo de los sueños, y tiene lugar hace ocho años, aproximadamente. Era un día como otro cualquiera; había quedado con mis amigos Carlos y Juan Luis (por aquel entonces aún nos juntabamos con este último) y estabamos dando un paseo por el centro. Cansados y algo aburridos nos dirigíamos a mi casa. Ya muy cerca nos metimos por una calle pequeña, llamada La María, que me gusta porque casi nadie pasa por ella; por aquel entonces tenía a ambos lados un almacén abandonado y un descampado donde hasta hacía poco había habido casas.
Estabamos charlando, hablando de videojuegos y comics, y de pronto, cerca del final de la calle, me paré en seco. Di un par de pasos atrás y me agaché; había un charco de aceite de motor en el suelo. Y al fijarme bien, me di cuenta de que había un collar de plata en el centro del mismo, manchado y negro. Lo que es curioso de este asunto (si no, no sería necesario contarlo) es que no se en qué estaba pensando cuando me paré y caminé hacia atrás, pero se que no había visto el collar. Fue una cosa bastante extraña.
El asunto es que me quedé con el collar; lo limpié a conciencia y lo dejé sobre la mesa. No era un collar muy raro; como no se muy bien cómo describirlo, subiré una foto.

Supongo que seguía dandole vueltas a lo que había pasado, y de ahí viene el sueño. Tiene cosas que son cláramente oníricas, como el hecho de que pueda manipular metales en mi casa, pero a partir de la mitad se me antojó realmente vívido.

Estoy en mi casa, en mi habitación. Tengo el collar en las manos y lo miro; siento que hay algo dentro, una presencia femenina que no sé definir. Tomo el collar y hierro y otros metales, y los fundo; con el metal líquido forjo una cuchilla larga y curva. La cuchilla la uno a un palo largo, formando así una especie de lanza. Pienso en que tengo que pulir el metal y limpiarlo de impurezas, así que voy a la cocina. Froto y froto el metal, hasta que queda liso y brillante, casi como un espejo.
Cuando levanto la hoja para admirar el reflejo, lo veo.
Por encima de mi hombro, en el reflejo, puedo ver la puerta de la despensa, abierta. Dentro está un hombre en la cuarentena, vestido con un traje de pana marrón. Tiene el pelo negro y una barba corta pero densa y los ojos rojos, y sonríe de una forma escalofriante. Tengo la sensación de que tiene los dientes afilados como un tiburón, pero no consigo verlo. 
Con un sobresalto me vuelvo y miro la despensa. No hay nadie. Extrañado, levanto la cuchilla y vuelvo a mirar el reflejo. Ahora el hombre de la barba ya no está en la despensa; está justo a mi espalda y tiene la cabeza apoyada en mi hombro. Me está mirando con sus ojos rojos, y su sonrisa da mucho, mucho miedo. Me aparto de un salto, pero entonces me doy cuenta de lo que he hecho; los fantasmas de la casa ahora pueden tocarme, por culpa del collar y de la cuchilla pulida. Se que en el cuarto de baño está la chica desnuda con el cuerpo lleno de cortes, y en todas las habitaciones hay más. En mi cuarto está la niña pequeña del vestido blanco, que es la única que no quiere hacerme daño, así que me encierro con ella. Tengo miedo y ella también, porque sé que el hombre de la barba pertenece a mi habitación; antiguamente la despensa era parte de mi cuarto, pero ahora hay un tabique que los separa. El hombre de la barba quiere entrar en mi cuarto y está muy, muy enfadado.

Al despertar cogí el collar y lo metí en un cajón. Aún lo tengo guardado por ahí.
Como podeis ver, la historia del Hombre de la Barba no es nada del otro mundo. Sin embargo, el Hombre de la Barba si que daba miedo. Sobre todo la forma en la que sonreía. He intentado dibujar o describir esa sonrisa, pero no lo consigo. Como detalle curioso, en mi primer libro "Tierra bajo el sol oscuro" el personaje de Atas a veces sonríe de una forma muy extraña. De aquí es de donde viene esa sonrisa, del Hombre de la Barba.
En breve, bocetos del doctor Lenoir, para que le podais poner cara.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Banda de Moebius

En su mente solo veía una y otra vez la misma imagen; el cuchillo girando en el suelo de marmol, ensangrentado. Giraba sobre la empuñadura, una y otra vez, y cada vez iba más rápido.
Una y otra vez, aquel filo refulgiendo en la luz soñolienta y dorada. Una y otra vez el mango nacarado, rojizo.
El cuchillo volaba por la habitación, aferrandose a la mano de un joven vestido con chaqueta, con el pelo engominado revuelto, que miraba alrededor con expresión ávida y demente. Miraba hacia la puerta, de la que se alejaron las luces. Avanzó por la habitación, acercandose a la chica. La chica tenía un agujero, un agujero por el que entraba la sangre, espesa y roja, un agujero que estuvo abierto hasta que el chico lo taponó con el cuchillo. Toda la sangre estaba ya en el interior, y el chico pudo sacar el cuchillo. La muchacha le miraba la mano, asustada. El joven se alejó de espaldas, a grandes zancadas.
La muchacha se volvió de espaldas, contemplando soñadora el patio del instituto. Era el final del curso, un curso con sus partes buenas y sus partes malas. Un curso que ya terminaba. Escuchó un ruido detrás de ella; pasos chirriantes sobre el suelo de mármol. Al volverse contempló con horror el cuchillo. El chico lo hundió en su estómago y se apartó. Alguien venía por el pasillo, y el joven dejó caer el arma. De la herida manaba un chorro de sangre. Cayó al suelo, horrorizada. Miraba al frente; el cuchillo giraba y giraba.
En su mente solo veía una y otra vez la misma imagen.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Intersección

Sin aliento, realmente exausto, llegó a la Intersección. Era exactamente como la recordaba su memoria infantil, un cruce de autovías y carreteras, una flor de asfalto que se elevaba, solitaria, sobre el parque. En el cesped cortado la gente charlaba, tranquila, sin prestarle atención.
Él reemprendió la marcha, acercándose a los gigantescos pilares. Cuando estaba a punto de perderse bajo ellos, oyó una voz, una voz potente que llegaba desde atrás.
-¡Charles!
Reconoció la voz. Seguido de un regimiento de camiones, coches y helicopteros, estaba Samuel Gray, aquel sabueso del FBI que había estado siguiéndole el rastro desde hacía meses. Estaba allí, mirándole fijamente con sus ojos grises, penetrantes, mas parecidos a monedas de plata que a iris humanos.
-¡Quieto donde estás!-aulló, y Charles creyó notar un deje de desesperación en su voz.
-Déjelo-la voz de Charles sonaba asustada, pero no gritaba-Sabe que se ha acabado.
-¡No se ha acabado, maldita sea!
-Si-Charles dio un par de pasos hacia la intersección, distraidamente, como si no fuera a ningún sitio en particular-Claro que se ha acabado, señor Gray. He llegado hasta aquí. Ya no hay mas que hacer.
Gray parecía al borde de un ataque de nervios.
-¡No se le ocurra entrar ahí!
-¿Por qué no?-dijo Charles, caminando de espaldas, sonriendo-Es la salida. La he buscado por todas partes, y por fin la he encontrado.
Gray estaba aterrado. No podía creer que aquello estuviera pasando. Aquella construcción, aquel ramillete apretado de vías, no estaba la noche anterior. Seguramente no estaría al día siguiente.
-¿Leía cuentos de pequeño, Gray? En los cuentos muchas cosas son así. Solo están por casualidad, durante un rato, justamente cuando pasabas por allí. No le tenga miedo; solo es la salida. La Intersección. Pasaré y nunca volvera a verme.
Los dientes del agente chirriaron, y, en un arranque de locura, ordenó fuego.
Charles desapareció entre las columnas, y cuando buscaron no encontraron nada. Al volver al día siguiente para reanudar la busqueda, ya no había columnas. No había Intersección.
En otro sitio, en otro universo, Charles dejó atrás la Intersección. Por fin era libre.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Eso

Está ahí, mirándome. Puedo estar sentado, mirando por la ventana, escuchando música, pero noto su mirada clavada en mí, llamándome, atrayéndome.
Se que cuando mire en su interior veré el terror, un terror que durará mucho, mucho tiempo; sin embargo me acerco. Estoy dudando. Hago como si no le prestara atención, como si estuviera pensando en algo más importante, pero yo sé y el sabe que solo tengo pensamientos para él. Me levanto, inquieto, y voy a la cocina; caliento agua y me preparo un té. Lo bebo caliente, casi quemando, en sorbos rápidos y nerviosos. La inquietud me corroe, y no se cuanto aguantaré.
No mucho, por lo que creo. Incluso desde el sillón, desde el salón, me atrae su canto de sirena.
Sin poder resistirme más tiempo, me levanto bruscamente, prácticamente corro a su encuentro. Lo arrastro hasta el sillón, sintiendo la carga de su peso en mis brazos. Me dejó caer, y golpea sonoramente mis rodillas.
Nos miramos fijamente.
Con un movimiento rápido lo abro por el marcapáginas. Este Stephen King tiene un algo...