sábado, 30 de octubre de 2010

A veces sólo se necesita un empujoncito

-¡No quiero comer sopa!-aulló el anciano, empapando a la enfermera con el líquido ardiendo. La mujer se quedó unos segundo mirándose la mancha, como si no pudiera creerlo, hasta que notó el calor; entonces salió corriendo.
¡Era su oportunidad! Roberto se incorporó de la cama a duras penas, sosteniendose con su bastón de empuñadura plateada. Las piernas le temblaban, demasiado débiles tras tantos meses en cama, pero continuó hacia la ventana, imparable. Sin quererlo arrastró le pértiga del goteo, aún anclada a su piel a través de la vía. Con un movimiento brusco abrió la ventana corredera, y al tiempo que la aguja se desprendía, dejando una gota de sangre grande, brillante, una bocanada de aire entró en la habitación. Aire fresco y nuevo, no ese reciclado cien veces por los aparatos de aire acondicionado.
La ventana estaba a baja altura; Roberto solo tuvo que hacer un poco de fuerza con los brazos para incorporarse al bordillo. Ayudandose con las manos, volvió su cuerpo hacia fuera, al atardecer anaranjado, a la libertad y  a la caída de catorce pisos desde la  planta de psiquiatría geriatríca. La libertad era lo que buscaba.
Hubo gritos a su espalda. Era la enfermera, que desde el pasillo le miraba horrorizada.
-¡Callate, perra!-gritó Roberto-¡Voy a volar! ¡Me iré de esta mierda de sitio y podrás meterte tu mierda de sopa por donde te quepa!
La mujer echó a correr hacia él, aterrada, con los brazos estirados ante ella, intentando sujetarlo por la fina tela de la ropa de hospital. El hombre se echó hacia delante con un gemido; sus músculos no eran los de antes.
Roberto se había tirado. La enfermera se quedó clavada en el sitio, mirándo la ventana. Se acercó lentamente, aterrada y al mismo tiempo llena de un deseo morboso de saber, de saber como quedaba un hombre de setenta y cinco años al chocar contra el suelo. Asomó la cabeza por la ventana abierta, y el viento el alborotó el pelo.
Abajo la gente caminaba, tranquila. No había ningún señor mayor con la cabeza despanzurrada contra el asfalto como un huevo.
La enfermera se apartó de la ventana. Miró a la cama. Se encogió de hombros.
-Parece que el viejo tenía razón despues de todo-murmuró mientras cambiaba las sabanas-El tío podía volar.
¿Y ella? ¿Podría hacerlo ella?
Se acercó a la ventana y allí quedó, indecisa.

9 comentarios:

  1. Sorprende que al final el tipo pueda volar , buena historia.

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  2. Jejeje, el abuelo es todo un figura, me encanta!

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  3. El vejete tiene genio, desde luego! :P
    Cuando decía que iba a volar lo decía literalmente, claro, jejejeje

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  4. Antes de que lo pusieras me imaginaba que el viejo iba a volar. No sé porque pero sabía que no iba a espachurrarse contra el suelo.

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  5. La proxima vez lo convertiré en papilla :P

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  6. noooo los viejos locos estan mejor

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  7. Entonces, la proxima vez estara loco (y lo convertiré en papilla) :P

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